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La pesca deportiva del black bass en Andalucía

Un blackbass atacando la muestra de vinilo.

El black bass (micropterus salmoides) aparece en Andalucía –donde muchos aún lo llaman blas– en los inicios de la segunda mitad del siglo XX. Los primeros ejemplares procedían de Francia, donde esta especie originaria de los ríos y grandes lagos de los EE UU había sido introducida con éxito a finales del XIX, y al parecer fue el antiguo Icona el que tuvo la feliz idea de darle la bienvenida en aguas sureñas a este pez tan deportivo y combativo, aunque sin duda la llegada de este gran predador a los ecosistemas andaluces afectó de lleno a otras poblaciones autóctonas, especialmente de minitallas. Y ese mismo tiempo lleva pescándose la popular lubina –que no perca– negra americana en los ríos y embalses de la región, 55 años, aunque sólo las dos últimas décadas a un alto nivel técnico y competitivo. “Picaban porque tenían que picar, pero sabíamos muy poco del bass. Hasta que no llegaron los señuelos de vinilo y los clubes especializados en black bass no hemos aprendido realmente a pescarlos”, comenta el cordobés Rafael Trujillo, apasionado de esta especie y ex responsable del comité andaluz de black bass en la Federación Andaluza de Pesca Deportiva (FAPD).

En los años 90, la pesca del bass experimentó una auténtica revolución. Antes sólo había cucharillas –giratorias u ondulantes– y peces artificiales (rapalas), en menor medida señuelos de superficie como el popper o el streamer. La importación desde EE UU de los señuelos de vinilo y derivados, su literatura y revistas temáticas, sus modernas barcas de agua dulce con sillas giratorias y motores eléctricos para maniobrar, han posibilitado una fuerte especialización por parte de los incondicionales de esta especie.

Sus entusiastas crecen en número a un ritmo frenético. Todos los escenarios andaluces poblados por basses están literalmente invadidos por lanzadores del cangrejo o la salamandra de vinilo, señuelos que los centrárquidos someten a tan estrecho marcaje como antaño los niños al carillo de los helados. Y cada vez son más los que practican el captura y suelta, sobre todo en abril, la época de freza. Aquí no es aún el símbolo nacional de la pesca deportiva fluvial, quizá no lo sea nunca dada su condición de pez introducido, pero el virus del black bass se extiende irremisiblemente entre los pescadores más técnicos y conservacionistas, en un nivel similar, pongamos como ejemplo, a un devoto de la cola de rata para la trucha o de la caña enchufable para la competición de ciprínidos. Y los organismos competentes regulan su pesca a niveles normativo y federativo. Hoy en día es la modalidad de pesca que más crece.

Del blacbás –así deberíamos escribirlo en español, y sin cursiva, cuando lo permita la Real Academia– seduce su alegre picada, su voracidad, su valentía, su lucha, su innata curiosidad, su instinto protector, su resistencia al combate, sus acrobacias sobre la superficie del agua. También, su actividad constante durante los doce meses del año. Enamora cuando se le ve absorber el señuelo flotante y hace explotar la superficie. Porque el bass no muerde sus presas, más bien parece aspirarlas. O cuando ataca la muestra de profundidad señalándose con unos toquecitos previos. Y nos hace enloquecer cuando se combina la pesca con la navegación: esa sensación de libertad al adentrarse aguas adentro, esa suprema simbiosis con la naturaleza. ¿Se imaginan un estado de mayor felicidad que engañar a un gran bass ofreciéndole una imitación del alimento que suele tomar en esta época del año y mezclándose el captor con el fabuloso paisaje de dehesa de Andalucía? Añádale el lector los calificativos bucólicos que desee para completar la escena. Y es que la pasión por el black bass lleva implícito un profundo amor y respeto por la naturaleza. También, un conocimiento previo de sus costumbres, esto es, la querencia del pez a las aguas inmóviles o de curso lento, a los fondos ricos en vegetación sumergida, el perfecto refugio para camuflarse mientras acecha a su presa. Y una manifiesta destreza al imprimirle movimiento a la muestra a través de la caña: tirones, caídas en picado, saltos espasmódicos, deslizamientos acompasados, paradas más o menos prolongadas… Porque, definitivamente, es el pescador el que hace bueno el señuelo.

No obstante, si algo define al diablo verde es su carácter desconcertante. A veces se clava el mejor ejemplar en el lugar inesperado y con la muestra menos sofisticada.

Equipo básico

El equipo básico de la pesca del black bass se compone de una caña de entre 1,80 y 2,10 mts de longitud, normalmente de fibra de carbono y de acción media –si es desde orilla suele ser de dos tramos; desde embarcación, uno solo–, más un carrete de spinning y un surtido de señuelos entre los que no deben faltar los populares vinilos, peces artificiales y muestras de superficie como el popper o el paseante. Al margen de estos materiales, el pescador más experimentado puede añadir algún cero al desembolso que debe afrontar para equiparse. Los aficionados al bass desde embarcación, por ejemplo, suelen llevar hasta seis cañas montadas. Cada una de ellas posee una acción distinta y, sobre todo, un sueñuelo diferente dispuesto para bailar bajo el agua: superficie, media agua (pez artificial), vinilos de profundidad –uno al estilo texas; otro, con el sistema drop-shot– o vinilos sin plomada, para lanzar sobre cañas o vegetación. También suele utilizarse una caña con mayor acción y carrete de cásting con bobina giratoria, que permite utilizar señuelos de hasta 100 grs. Así se consigue batir una amplia zona. Porque el bass es diferente a la carpa, que se concentra en una zona mediante el cebado. Al bass hay que ir a buscarlo. Si los dioses nos sonríen, como ocurre con la trucha, tras una visualización previa. Puede estar en la orilla, que es siempre la zona más accesible para el pescador, pero también en el cortado, junto al islote del centro del pantano o a 15 metros de profundidad. La barca, con su movilidad, amplía las garantías de éxito. Si el embalse es navegable, ovbiamente. Esa es otra de las reivindicaciones de los aficionados andaluces, dado que los motores de sus embarcaciones suelen utilizar aceites vegetales que han disminuido notablemente su nivel de contaminación.

Con la excepción de algún entusiasta de la cola de rata, el black bass se pesca con la técnica del spinning, es decir, lance ligero con señuelos.

El lance puede ser vertical (de atrás hacia delante por encima de los hombros), lateral (caña perpendicular al pescador) o en balanceo (para distancias cortas, la muestra entra en el agua con el menos ruido posible). También puede realizarse a dos manos (para llegar más lejos) o a ras de la superficie (el llamado skipping, en el que el señuelo rebota varias veces sobre el agua). Respecto a los artificiales, la oferta es voluminosa. Los señuelos modernos se clasifican en tres categorías: hardbaits (los duros, montados en plástico o madera), wirebaits (con partes metálicas o de alambre) y softbaits (los blandos, normalmente vinilos). Los hardbaits pueden ser crankbaits (peces artificiales o rapalas, a su vez se dividen en flotantes, suspendidos o sumergidos) o de superficie (poppers, que crean una burbuja en el agua al moverse; paseantes, o peces artificiales sin babero; y hélices, que provocan un ruido atrayente). Por su parte, los wirebaits pueden ser spinnerbaits o buzzbaits. Los spinnerbaits se conocen popularmente como señuelos de cucharilla, y se componen de un alambre en forma de V en cuyos extremos se colocan, respectivamente, una pala metálica y un jig (anzuelo plomado con flecos o silicona). El buzzbait es parecido, pero sustituye la pala por una hélice, lo que le convierte en un señuelo zumbador. La tercera clase de artificiales la componen los conocidos softbaits o vinilos, que se dividen en jerkbaits (imitaciones de pez), tubos, lombrices –los más comunes y efectivos–, salamandras, cangrejos, larvas, etc. Por último, debemos reseñar los montajes que se utilizan para ensartar un vinilo al anzuelo y el sedal. Al margen del sistema clásico , es decir, un anzuelo plomado en la parte frontal de la muestra y con el gancho a la vista, se suelen utilizar el método texas (la muerte del anzuelo se pincha en la misma muestra para evitar enganches), florida (parecido al texas pero con un plomo tipo bala con resorte helicoidal en su base), carolina y drop-shot, ambos con el plomo por debajo de la muestra.

Un castigo severo

No son pájaros, pero hacen los nidos como aquéllos. La hembra desova, el macho cuida los huevos y, tras la eclosión, acompaña a los alevines unas semanas. Incluso llega a construir un segundo nido falso para desorientar a sus enemigos. Al no establecerse una veda en su época de freza –sólo una conducta ética de los clubes para no organizar competiciones en esos meses–, la legión de pescadores aprovecha ese momento de extrema agresividad para tentarlo con sus señuelos, y ello, a la larga, incide en las poblaciones de basses de nuestros ríos y embalses, pues, lamentablemente, hay quien aprecia gastronómicamente la carne de este pez. Actualmente hay un buen número de basses en los ambientes acuáticos del sur, aunque el castigo es severo. Desde luego, el que ocasionan los deportistas de alto nivel es testimonial, tanto en sus jornadas de entrenamiento como en el ámbito de la competición, pues en esta modalidad de pesca se extendió la práctica del captura y suelta una década atrás. Rizando el rizo, ya hay pescadores que curan con desinfectante la posible herida que haya podido ocasionar el anzuelo en la boca del pez antes de devolverlo al agua. Qué bonito, ¿no? En este sentido, la FAPD hace tiempo que clama ante Medio Ambiente para que se prohíba la pesca del black bass al menos durante un mes en los escenarios con mayor presión pesquera. “Es lo menos que se puede pedir para cualquier animal: dejarlo tranquilo el tiempo en el que está reproduciéndose”, comenta Rafael Trujillo. “Así se hace en comunidades como Valencia, Castilla La Mancha o Aragón, donde, además, han subido la talla mínima a 35 cms; aquí es de 22 cms. Pero la administración andaluza, que fue quien soltó los primeros ejemplares, sigue sin ver con buenos ojos al black bass por el hecho de ser una especie alóctona”, de ahí que desde hace pocas fechas incluso no solicite medida mínima para su capura. Al final, ocurre que el pez alóctono se reproduce en algunos lugares donde el pez autóctono no es capaz de hacerlo, pues el hombre ha transformado su hábitat natural. Sirva como ejemplo el embalse cordobés de San Rafael de Navallana, en el que ya no hay bogas y muy pocos barbos, y no precisamente por la presencia de la lubina negra, sino porque se le ha cortado el paso a los ejemplares reproductores de estas especies para llegar a sus áreas de desove. El resultado es una gran población de carpas y basses. Y buenos son, qué caramba. Así se puso de manifiesto recientemente en la presentación del Pescódromo de Córdoba. Según un estudio de aquella universidad, las dos especies que predominan en la pesca deportiva fluvial de esta comunidad son la carpa y el black bass. Atención al dato: ambas son alóctonas. Cuidémoslas, pues.

En Andalucía, la devoción por el bass va por zonas. Lógicamente, es mayor en las provincias que poseen buenos escenarios para tentar a esta especie.

Así, por ejemplo, en Córdoba hay un nivel altísimo de afición, pues esta provincia posee excelentes masas acuáticas para perseguir al bravo centrárquido, entre ellos el popular embalse de San Rafael de Navallana, que, pese a padecer una impresionante presión pesquera, se mantiene al frente de la comunidad en esta modalidad de pesca dados su alto nivel de capturas y el tránsito de concursos que alberga anualmente. Tanto Navallana como Yeguas o La Breña son navegables y encauzan la fiebre del lance ligero desde embarcación, sin duda acrecentada por la aparición en la ciudad califal en julio de 1993 de la Asociación de Pesca Deportiva Bass Córdoba, que en los últimos años ha enviado sus expertos deportistas con éxito a torneos más arriba de Despeñaperros. Córdoba posee también otros buenos escenarios para perseguir al bass desde orilla, como los embalses de Iznájar, Puente Nuevo y Guadanuño. En todos ellos se ven cantidades ingentes de pescadores recorriendo a pie sus perímetros y moviendo con destreza el vinilo. También hay gran afición en Sevilla, con sus buenos escenarios –Lagos del Serrano, el recuperado Torre del Águila y los vecinos gaditanos y onubenses– y su club puntero en la especialidad, el Big Bass Alcalá (Alcalá de Guadaíra); Jaén, tradicionalmente avezada al lance desde orilla y, últimamente, espoleada por el club Bass Andújar para la pesca desde embarcación; y Huelva, donde siempre hubo mucha afición, potenciada por un embalse que concentró la atención de los aficionados de toda la comunidad durante años, El Corumbel, e igualmente con un club especializado, el Bass Huelva. Luego están Málaga y Granada, ambas con una creciente afición, y Cádiz, donde aún se resiste a aparecer un buen club que agite la afición al barco pese a la presencia en esta provincia de dos paraísos para practicar esta modalidad de pesca como son los embalses de Guadalcacín y Bornos. En Almería, por último, aún es meramente testimonial el interés por esta especie, pues tampoco posee aguas donde predominen.

© Quico Pérez-Ventana

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